
Hay un silencio que lastima los oídos... Sus pasos, sus suspiros, sus pequeños ronquidos, algún leve gruñido, sus besos a lametazos, su agüita al beber... leves sonidos que durante 14 años me han acompañado, 17 años contando con la mami Lucy. Sonidos muy leves del día a día, imperceptibles entonces, y que ahora me parecen necesarios para respirar en esta eterna mañana de mayo.
Silencio y vacío. Una paradoja en realidad, una casa con cuatro personas en ella que se mueven, que rondan para arriba, para abajo, que hablamos, que gritamos, lloramos, reimos... dos de ellas mis niñas preciosas, que se están portando como dos campeonas... Pero hay un vacío tremendo, porque él no está, y él estaba siempre.
Vuelvo de la calle y él no está para saludarme. Me levanto por la mañana y él no está junto a mi cama. Abro la puerta para salir y no acude con su trotecillo contento. Miro hacia mis pies y él no está... Hay un vacío, un vacío que me acompaña por donde voy. Y el silencio... ¡qué silencio!